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Padres Puro Motor: Autos y motos que marcan nuestras vidas

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En vísperas del día del padre, nos hemos puesto a recordar aquellos vehículos que, por una u otra razón, marcaron la vida de los papás de quienes integran el equipo de trabajo Puro Motor. Está segunda entrega esta dedicada a nuestros  periodistas y finalizaremos con nuestro editor. 

Johan Mora

Mi padre siempre quiso comprar un Isuzu Trooper y en el año 1990 se le dio la oportunidad. Recuerdo que le gustaba por ser un carro fuerte, de trabajo y su espacio interior era realmente abundante.

Al ser su primer todoterreno varias veces lo rodó por terrenos difíciles y el carro siempre respondió a las exigencias. 

Jose Miguel Arce

Mi papá siempre ha sido un fanático de los autos, desde que tengo memoria siempre fue amante de los deportivos y en especial de los Subaru. Recuerdo levemente que tuvo un Subaru Brat rojo con el que corría Rallys, amaba ese vehículo, era su vida según me cuenta mi madre.

Casi nunca compartimos momentos juntos (expresaba que pasaba muy ocupado) pero, de vez en cuando me iba a visitar, recuerdo cuando tenía 8 años que llegó a mi casa en Guanacaste con un carro azul que hacía mucho ruido, al salir, me di cuenta que había comprado un Subaru Impreza WRX STi año 2001. En ese momento me enamoré por completo, actualmente sueño con tener uno. 

Ese modelo hasta la fecha, permanece en su garaje, lo utiliza para salir a pasear los domingos y una que otra vez. Ya son 18 años los que llevan juntos y creo que permanecerá en su poder hasta el último día.

Beatriz Núñez

Contrario a mis compañeros, provengo de una familia donde la pasión de mi papá y dos de mis hermanos son las motocicletas, de hecho nunca tuvimos automóviles, solo motos. Mi papá compró su “joya” en 1983 en La Garita de Alajuela, una Honda CT125 Trail de 1978, fue su tercer dueño. La moto actualmente está original no tiene casi cambios a excepción de un maletero, la mufla y algunos accesorios.

Mi papá fue tapicero y la usó toda la vida para trabajar, para jalar materiales, tapices, espumas, etc, y todavía se sigue usando para cargar cosas para la venta de repuestos de moto que tiene mi hermano. A bordo de la “Trail” conocí casi todo el país de lado a lado, todos los domingos salíamos de gira a diferentes lugares no importa si era asfalto o lastre. Varias veces le ofrecieron comprársela, sin embargo es la chineada de mi papá y se va a quedar como la reliquia de la familia.

Ana Vázquez

En mi casa siempre tuvimos sólo un vehículo. Para mi padre era como el amor de su vida: ni se cambia, ni se retira. Lo cuidó tanto que le llegó a durar hasta 25 años y despedirse de él en el desguace fue duro para todos.

Era un Ford Orion 1.6i Ghia marrón, uno de los modelos de su categoría más vendido en Europa a finales de los años 80. Con él íbamos los fines de semana a las parrilladas y celebraciones familiares y también de vacaciones al pueblo.

No contaba con más de 225.000 kilómetros en el odómetro al abandonar el parque de vehículos. La razón era que principalmente lo usaba para ir al trabajo (salvo cuando mi madre le convencía para hacer algún viaje de corto recorrido, claro). Ella siempre me recuerda que yo solía llorar al ver mi sillita vacía cuando mi padre se marchaba a la oficina, ¡quería ir con él!

Fue su segundo coche. Lo compró después de que por sus manos pasara un Renault 5 blanco de segunda mano que se quedó obsoleto. Aunque con ese Ford no fue con él con el que aprendí a conducir, le guardo especial cariño porque fue muy servicial y nunca nos dio ningún problema en su larga existencia.